El Arma en el Corazón

Solía levantarse muy temprano cada mañana. Él ya era parte de la rutina de todos los gallos que salían a cantar en la cuadra bajo los restos de una luna que ya se miraba cansada y un cielo nocturno casi desmayado. Se quedaba sentado por unos minutos al lado de la cama meditando sobre lo afortunado que era de poder abrir los ojos y tener otra oportunidad de vivir un día más. Se persignaba alzando su vista al techo de lámina vieja y oxidada y le daba gracias a la Virgencita: “Dios te salve, María… y a mi también”.
Volteó sus ojos y vio que su mujer ya no estaba en la cama como de costumbre. Se puso de pie y fue hacia la cocina. Le pidió un café a su vieja madre que estaba parada al lado del fogón dándole vuelta a las tortillas mientras masticaba una que ya estaba tostada: – “Me regalas una tacita de café, Mama, por favor”. Se dirigió hacia la diminuta sala donde se acomodaban sus cinco hijos para dormir. Con una voz aun dormida les dijo: “¡Levántense patojos, no sean haraganes!. Que echados no se van hacer millonarios”. La más grande se levantó y despertó a los dos más pequeños. Los dos de en medio también se despertaron y continuaron con su rutina mañanera. Los minutos se hicieron horas.

 Mientras él terminaba de remojar su champurrada en los restos del café en su taza, salió a calentar su moto afuera de la casa. Logró ver como el horizonte al final de la calle inclinada se llevaba a sus hijos por las aceras de una realidad cruda y a veces tan violenta que se vive en esta ciudad. Se sacudió las migajas de pan alrededor de su boca y regreso a la cocina para dejar su taza y darle un beso en la frente a su Mamá: “¡Como la quiero viejita chula! Que Dios me la proteja”. Se subió en su moto, se volvió a persignar y acelero decidido a ganarse el pan de cada día como muchos lo hacemos en un día cualquiera.

El tráfico de Lunes por la mañana estaba en su hora pico. Justo ahí, donde la paciencia se comienza a perder y la poca cortesía entre conductores crea esos pequeños callejones en forma de laberinto entre un carro y otro. El dragón de mil cabezas que quiere pensar con una. Entre la cortina de humo, él llevaba la mirada enfrascada en varios pensamientos detrás del casco. El ruido del motor de su moto enmudecía el desorden a su alrededor, pero lo que llevaba en su cabeza le perforaba sin descansar como un pájaro carpintero que no tiene prisa. Pensaba en lo vieja que estaba su madre y en la vida que nunca le pudo dar y que tanto se merecía. En el fantasma alcohólico de su padre que se había ido a destruir otros hogares hace muchos años y que nunca regresó.  En la sombra de una extraña que se había convertido su mujer a quien solo veía antes de ir a dormir para pelearse al momento de pedirle gasto para pagar las deudas. Y en sus dos hijos más pequeños. Pensaba si estos correrían la misma suerte de los tres mayores teniendo que buscar una oportunidad con la única experiencia que deja el sexto grado escolar para poder ser alguien en la vida. Se sintió pequeño. Pero ese mundo era por el que el luchaba y era todo lo que el tenia. Era aquel rito existencial de las mañanas, la lámina picada de su techo, la taza de café ralo sin vitaminas, las grietas que había dejado el tiempo en el rostro de su Mamá y aquel horizonte quebrado que le robaba cada mañana un poco de sus hijos. Sintió como las respiraciones cortas le ahogaban el alma, mientras aceleraba su motor. Vio la hora y le echo un vistazo al semáforo que muy pronto le haría cambio de luces a rojo para frenarle otra vez los sueños que tuvo de chico de poder ser un piloto en una aerolínea muy importante cuando fuera adulto. La luz cambio, al igual que su vida. Escuchó entre tanto ruido como el corazón se le hizo sencillo en monedas de centavo. Frenó y se derramo la adrenalina de su motor. Se llevo la mano bajo la camisa para ver si aun latía la caja de música que todos llevamos dentro. Aprovechó para sacarse la 3.57 que escondía en su pecho y somatando la ventana del carro que estaba estacionado a su derecha, soltó el llanto aterrador y dijo: “¡Dame tu celular y tu bolsa, pendeja, o te mato!”. Siempre supo en ese momento que la vida no era injusta, que era solamente una verdadera hija de puta y él no era lo que una vez de niño soño ser cuando fuese grande. Se habia convertido en el desprecio en carne viva al cual siempre le tuvo miedo.

Frank Pineda

Frank Pineda

Soy un escritor aficionado hecho en Honduras, pero distribuido en Guatemala. Me gusta mucho escribir poesía, cuentos cortos y reflexionar sobre las cosas más pequeñas de la vida. No tomo café, no tengo un gato y viajo ligero sin exceso de equipaje.

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One Comment

  1. Es un texto que pertenece a esa vena de lo cotidiano, es la historia que se repite todos los días, y que nunca debe de dejar de ser contada.<br /><br />Eso sí, el narrador debería ser más sutil, evitar los juicios de valor, pues en última instancia, los juicios morales los harán los lectores. Vale la pena intentar un distanciamiento afectivo del narrador con respecto al texto.<br /><br />Saludos

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